¿Quién decide sobre la Financiación de la Educación en Europa?

Dice Aristóteles en su Ética [1] “…dar dinero y gastarlo es fácil y está al alcance de cualquiera… pero saber a quién darlo, cuánto, cuándo, para qué y cómo darlo, eso ya no está al alcance de cualquiera ni es fácil.”

Esta reflexión sobre la concesión de dinero está muy directamente relacionada con la cuestión de la financiación pública. El cinturón de las economías europeas está cada vez más apretado y surgen cada vez más preguntas sobre el montante del gasto público, así como sobre su propósito. En este sentido, la Educación debe competir por una parte justa de este gasto con otra serie de servicios públicos importantes como son la salud, el transporte, el medio ambiente, etc.

Al respecto de la financiación de los centros, la mayoría de los maestros y los padres suelen estar de acuerdo en que la respuesta corta, que no sencilla, a la pregunta “¿Cuánta financiación recibe usted?” es “No la suficiente”. Pero, ¿cuánto sería lo suficiente? Aunque a menudo se tiende a pensar que la cuestión clave es la cantidad de fondos que se destinan a la educación, igualmente importante en la sociedad actual es pararse a pensar quién decide adónde van los recursos. De hecho, normalmente se está más satisfecho cuando se sabe quién toma las decisiones, y cómo. children with computers

Un reciente informe de Eurydice, de cuya publicación ya se informó en este blog, llegaba a la conclusión de que hay casi tantos modelos, métodos y criterios para la financiación de los centros como sistemas educativos, puesto que cada país tiene sus propia idiosincrasia a este respecto. Mientras que en algunos países, como Irlanda, el sistema de financiación es relativamente directos y el dinero va desde el gobierno a las escuelas con poca interferencia externa; en muchos otros, por el contrario, en la asignación de recursos están implicados los distintos niveles de la administración educativa (nivel central, regional, local) y diversas agencias y organismos intermediarios están implicados. Cabe preguntarse, ¿qué tipo de sistema es mejor?

Para responder a esta pregunta, sería importante definir lo que se considera “bueno” en este contexto. En una parte de la ecuación, especialmente en un momento de austeridad financiera, debe colocarse la eficiencia, que conlleva evitar la burocracia innecesaria. Según este criterio, los sistemas más directos se considerarían los mejores. Sin embargo, no debe soslayarse la cuestión de la política, ya que la educación es un asunto sumamente político: todos los ciudadanos se ven afectados, para bien o para mal por la educación que reciben. Y, puesto que la educación es una cuestión en la que todos los ciudadanos están implicados, ¿cómo influyen éstos en las decisiones referentes a su financiación?

En algunos países, como Dinamarca, Polonia, Escocia (Reino Unido) y Suecia, entre otros, las autoridades regionales y locales son quienes deciden en qué se gasta el dinero y, por tanto, proveen parte de los fondos destinados a la educación a partir de los ingresos fiscales locales. Y, puesto que en estos países las autoridades locales están también a cargo de los funcionarios públicos, lo público tiene aquí otra oportunidad de demostrar la importancia que se concede a la educación y que las decisiones se toman en función de los intereses de las escuelas. La esperanza de estos sistemas es que, a través de la participación directa de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones, puedan ganar legitimidad política y ser más sensibles a las necesidades locales. La pregunta sería entonces si el coste de la participación de los ciudadanos para lograr el potencial beneficio de la legitimidad democrática supera el de las cargas burocráticas adicionales que esto supone.

FO_fundingPor otra parte, algunos organismos intermedios pueden legítimamente argumentar que tienen las manos atadas por decisiones tomadas en instancias superiores, lo que reduce su papel simplemente a repartir lo mejor que pueden la insuficiente financiación que reciben .

Otra forma de considerar esta cuestión es hacerlo desde la perspectiva de las escuelas, que son el elemento central del sistema y posiblemente quienes mejor conocen sus propias necesidades. ¿Qué papel juegan, pues, las escuelas (incluyendo los órganos de gobierno, maestros y padres) en la toma de decisiones sobre los fondos que reciben? En algunos países, como Estonia, se deja que tomen sus propias decisiones sobre la forma de gastar por lo menos una parte de los fondos que reciben. En muchos otros países, sin embargo, estas decisiones se toman más arriba, de modo que cuando el dinero llega a las escuelas ya ha sido asignado a un tipo de gasto.

Así pues, como bien dijo Aristóteles, no es un asunto fácil decidir a quién dar fondos, en qué cuantía o para qué fines. Sin embargo, preguntarse cómo diseñamos y financiamos nuestros sistemas educativos es una cuestión clave en la construcción de nuestras sociedades. Asíque, los países que tratan de que sus sistemas sean transparentes y que implican a los ciudadanos en la toma de decisiones, a largo plazo pueden comprobar que el esfuerzo ha merecido la pena. Y, puesto que los sistemas actuales son a menudo complejos y difíciles de entender, será interesante observar si habrá una tendencia a ofrecer más y mejor información sobre la financiación de la educación en el futuro. A este fin pretenden, de hecho, contribuir algunas publicaciones de Eurydice, como las Fichas Nacionales sobre Presupuestos en Educación, que  proporcionan los datos más actualizados sobre el gasto planificado para educación en cada uno de los países europeos, a la vez que presentan una visión general de los presupuestos por tipo de gasto y etapa educativa.

[1] Ética Nicomaquea. -1ª ed.- Buenos Aires: Colihue, 2007. Pag 74

 

Basado en Eurydice: Funding education: who really decides? De Orla Colclough y David Crosier.