El cambio en las mareas de la evaluación

Hace 15 años, el término “evaluación educativa” probablemente habría provocado una imagen más bien unidireccional de los maestros evaluando de forma individual a los alumnos. Por entonces, la reputación y la fama de los centros dependían únicamente de si los alumnos obtenían buenos resultados, mientras que el que los propios centros o los maestros fueran “inspeccionados” era algo poco frecuente y formaba parte del tipo de cuestiones que tienen que ver con el contexto escolar.

Hoy en día la realidad ha progresado y la imagen que se ve es muy diferente. Las que eran las “calles de un solo sentido” de la evaluación se han convertido en autopistas de varios carriles, en las que todo el mundo está bajo el escrutinio de los demás. Los maestros todavía evalúan a los alumnos, es cierto, pero ahora los alumnos también pueden evaluar a los maestros. Además, los maestros también evalúan colectivamente su propio trabajo, a lo que hay que sumar que, cada vez más, las autoridades públicas evalúan a los centros como un todo por medio de muy diversos métodos y de criterios. Así pues, la evaluación educativa se ha convertido en un fenómeno más democrático y transparente. Pero ¿puede haber alguna potencial desventaja oculta en este nuevo enfoque de múltiples vías?

El objetivo principal de la evaluación educativa es, por supuesto, mejorar la calidad de la educación. Esto queda de relieve de forma muy clara en un nuevo informe Eurydice sobre el tema, en el que se puede observar que actualmente 31 sistemas educativos europeos tienen a sus centros en el punto de mira a través de evaluaciones externas e internas, lo que supone un aumento significativo con respecto a hace apenas unos años.

En general, el concepto de “evaluación educativa” está tomando forma en una época marcada por la descentralización, la mayor transparencia y la rendición de cuentas. Como se explicaba en anteriores entradas, existen dos tipos de evaluación. Por un lado, las evaluaciones internas del centro, que lleva a cabo la propia escuela, y que tratan de establecer una cultura escolar que se esfuerza por mejorar constantemente la calidad de los procesos de enseñanza y el aprendizaje implicando a todos los colectivos interesados (estudiantes, padres, profesores).

Por otro lado, las evaluaciones externas también tienen como objetivo mejorar los centros, pero las llevan a cabo evaluadores que no son personal del centro en cuestión. En ocasiones son más discutidas ya que suelen exponer más información al dominio público. De hecho, la mayoría de los países europeos estipulan que los informes finales de las evaluaciones externas deben hacerse públicos. Concretamente, 15 sistemas educativos publican abiertamente los informes finales en internet, ya sea en los sitios web de la administración local/central o en el del propio centro. No obstante, otros 10 sistemas únicamente ponen los informes a disposición de determinados grupos interesados definidos o bajo petición.

Cartel Carretera Despacio Evaluación NiñosAhora bien, el potencial problema de la evaluación externa de los centros es que puede no estar centrándose en los aspectos más importantes de la educación. Si se tuviera la respuesta a la pregunta ¿qué es lo que hace bueno a un centro escolar? seríamos capaces de establecer los criterios pertinentes para evaluar los centros con cierta facilidad. Pero, ¿cómo es posible estar seguros de que los evaluadores están analizando lo correcto?

Si bien es innegable que existe una tendencia a ampliar la gama de criterios y aspectos que se evalúan, en algunos países los resultados de los estudiantes son el factor central de las evaluaciones externas, y éstos se miden generalmente a través de pruebas estandarizadas. Esta práctica tiene el riesgo de llevar a que la enseñanza se centre excesivamente en “enseñar para las pruebas”, lo cual efectivamente puede conducir a la mejora de los resultados en las pruebas. Sin embargo, es probable que estas pruebas no lleguen a poder reflejar las habilidades de los alumnos para abordar una amplia gama de problemas de la vida real, como su capacidad para innovar, encontrar soluciones creativas o pensar críticamente. Así pues, la evaluación educativa debe tener cuidado de situar la información sobre el rendimiento del alumnado en un contexto más amplio si se quiere evitar estimular una cultura demasiado simplista y burda de jerarquización de los centros en clasificaciones o “rankings”.

¿Cómo modifican entonces los criterios de evaluación el comportamiento de los centros educativos? Al igual que las universidades que desean mejorar su posición en el ranking internacional, los centros que quieran obtener mejores resultados que los demás pueden centrarse simplemente en los criterios que son objeto de evaluación y hacer caso omiso de otros aspectos muy significativos, lo que llevaría a un estrechamiento del enfoque educativo y, por tanto, podría decirse que a un descenso de la calidad educativa.

¿Qué se puede aprender de todo esto? En primer lugar, que la evaluación educativa ha recorrido un largo camino y ha traído muchas mejoras positivas. Sin embargo, un acto aparentemente simple como la publicación de los informes de evaluación externa de los centros puede tener un gran impacto en muchos ámbitos y generar un cambio social a diferentes niveles. En segundo lugar, que la cuestión de si la evaluación aumenta la calidad educativa sólo se puede responder si existe acuerdo sobre lo que es realmente la “calidad de la educación” (cuestión cuya resolución sin duda todavía llevará tiempo resolver). Y, por último, en la era de evaluación, también es preciso evaluar nuestra propia cultura y práctica para asegurarnos de que ésta nos está ayudando a avanzar en la dirección correcta, en lugar de distraernos de la discusión de lo que es realmente una mejor educación.

Basado en Eurydice: Turning tides in school evaluation. De Andrea Puhl and David Crosier.